Tarde de superaCción
Por: Julia Copiapoa | July 19th, 2011 | En: Locas | Comentalo. »Me abraza en los pasillos del subte adelante de un montón de borrachos tranquilos de un bar de la estación y hace que se levanten las voces, los comentarios y hasta los aplausos. Me dice que el tipo la llamó, que la llamó y a ella no le dolió. Que la llamó quebrado, perdido, necesitado de amor, de alguien que lo entienda y que ella se aseguró de confirmarle, incluso con cariño, que ahora ya es tarde para ocupar ese lugar.
Está superada, porque lo que antes era una herida, ahora es cicatriz. Pica algunos días húmedos, pero no sangra. No importa quién le diga que no hay nadie mejor que ella para él, o que no podrá evitar preocuparse por lo que le pase en este presente, a quién ya es parte de su pasado.
Sabe que no es necesario ni posible sentirse así todos los días, pero basta con que sea por lo menos una vez de esas importantes para saber que, aunque a veces se haga y se sienta una bolita, son las heridas las que se infectan, no las cicatrices.
Debemos ser muchas las mujeres que tenemos amplias y profundas marcas, de esas que -retrospectivamente- nos hacen pensar que no solamente nos las hizo el otro; cicatrices que, cuando las reconocemos como propias, nos enseñan a vivir con ellas y hasta nos hacen creer que podemos evitar las próximas. Con el tiempo, las cicatrices se vuelven como esos tatuajes descoloridos de los que no nos arrepentimos pero, deslucidos, olvidamos que los tenemos aunque nos hagan lo que somos.
Reimos y brindamos con cerveza en el viejo bar de la estación de trenes de Retiro. Nos abrazamos, hacemos planes, nos tomamos de las manos con verdadero amor (no importa de qué género). El mozo nos mira confundido sin saber como interpretar todo el espectáculo. Pero no nos importa ni un poco… ¡Qué va a entender!
J. Copiapoa

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